Dentro de muy poco veré llegar al mundo un libro que, para no desdecirse de su madre y de su tiempo, tiene hasta la inevitable tara congénita, fruto de la imprevisión y de las prisas.

Mi pequeña edición deficiente, que mi buen dolor de cervicales y mis horas de sueño me costó, y aun así o por eso la hice lastimada.

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Cela no superó el paso del tiempo. Su lenguaje no nos llega. Es rancio. Esa España ya no es la nuestra. Además fue fascista, y después de fascista, un energúmeno impresentable, un pepero conspiracionista y un cachalote enamorado. Y marqués. Madre mía.

Entonces abro La familia de Pascual Duarte y me digo: es cierto, Cela está pasado y su lenguaje ya no nos llega, del mismo modo que Esquilo está pasado y su lenguaje ya no nos llega. Porque así insiste el Pascual en la tragedia: reduciendo un conflicto esencial para cualquiera de nosotros a sus puros huesos. Y ya se sabe que la tragedia no es posmo.

Pero claro, con Esquilo no se atreven.

allende

Prefiero esta foto a la de la salida del Palacio de la Moneda porque me gustan las cosas pequeñas capaces de multiplicarse más allá de sus límites. Un resto así entraña un naufragio y entonces una resistencia y también la derrota y un duelo. Un resto así señala lo perdido, lo que siempre hemos perdido porque por momentos somos capaces de un golpe de fuerza pero el poder se nos ha escapado y no se puede. Y señala la ausencia. La del que ya no está y las últimas horas entre el polvo y las balas. La del que vio un futuro que ya no se ve. La del que no quiso ser botín pero sabía —como yo no sé y acaso no sabré nunca— que sus desilusiones no eran la forma definitiva del mundo.

Eso es: la ausencia a la que esta foto alude mejor que la otra, y con ella todas las ausencias perpetradas después. Incluida la de cualquier cosa que se parezca a la soberanía de un pueblo.

Pero también la huella, el resto que se empeña y alude, y alude y alude a todo lo que falta.

Prefiero esta foto porque es menos icónica y entonces menos digerible, y porque todo lo que calla crece silenciosamente como las semillas enterradas.

O quizá porque soy una pretenciosa a la que le gusta hacer retórica, lo que no es descartable. En este mundo nuestro, quedan muy pocas cosas verdaderamente afuera.

comediante

Viernes 5 de febrero, Madrid. Carnaval, ese festejo que desde las Saturnalias sirve para invertir el orden habitual del mundo y reírse de lo que durante el resto del año nos somete. Entre los espectáculos programados por el Ayuntamiento se encuentra La bruja y don Cristóbal, un guiñol que se inscribe en la tradición de los títeres de cachiporra. Entre sus escenas aparecen un apuñalamiento, un juez ahorcado y un policía colocando pruebas falsas para incriminar a una bruja. Los asistentes comienzan a preguntarse por qué la obra se ha programado como infantil. Cabe decir que yo también me lo pregunto, pero no por los contenidos escabrosos, propios, de hecho, de toda la tradición popular (en las farsas, los maridos cornudos apalean a los amantes, verbigracia). No por los contenidos escabrosos, sino porque seguramente ni el argumento ni la sátira son comprensibles para criaturas de cinco años. En cualquier caso, la web de la compañía no tiene clasificada la obra como infantil, y parece que aquí ha sido el Ayuntamiento el que ha metido la pata.

Pero comienza el rasgamiento de vestiduras. Y comienza porque los motivos escabrosos de la obra están vinculados a contenidos políticos. Si hubiesen representado Caperucita roja, donde un lobo se come a una niña y una vieja, y después un cazador le raja la barriga al lobo para sacarlas y se la llena de piedras y así lo tira al río, nadie se habría escandalizado. En fin. La indignación de los asistentes llega a su culmen durante la escena en que el policía (les recuerdo que es un títere) incrimina a la bruja (les recuerdo que es otra títere). Para ello, el policía saca una pancarta —una pancarta, ¡ay!, así ha aparecido en toda la prensa, una pancaaaarta, imagínense cuántos centímetros debe de medir una pancarta para títeres— donde pone “Gora Alka-ETA” y se la coloca a la manifestante, que está desmayada en el suelo. Después le saca una foto que el policía va a utilizar para denunciarla.

Pues bien, una parte del público no puede consentirlo por más tiempo y llama a la policía. La policía detiene a los dos titiriteros. Pasándose por el arco de la incompetencia los más elementales criterios sobre sátira, contexto, autor implícito y distinción entre realidad y ficción, se les acusa de enaltecimiento del terrorismo. El Ayuntamiento de Madrid, que nada más ganada la alcaldía recibió un clamoroso zapatazo, se persona como denunciante. Como el presunto delito entra en el marco de la ley antiterrorista (esa ley de excepción que siempre corre el riesgo de interpretarse abusivamente), los dos titiriteros acaban declarando en la Audiencia Nacional. Así como lo oyen: dos titiriteros cuya obra denuncia la instrumentalización de la lucha contra el terrorismo como marco cultural para mantener prietas las filas acaban siendo víctimas de ese marco cultural.

Y todo esto, mientras en el Teatro Arlequín todavía está en cartel Mi princesa roja.

Valle-Inclán no lo habría hecho mejor. Mientras voy siguiendo las noticias sobre el caso, me asalta la idea de que no es ni caso ni suceso de titiriterrorismo; sino un esperpento que el gallego está escribiendo desde la tumba. Un esperpento magistral con su poco de teatro dentro del teatro. Hay demasiadas coincidencias en esta historia como para que sea únicamente fruto del azar. Entre ellas, por ejemplo, el retrato de la caza al anarquista que ya aparecía en Luces de bohemia. Así, el auto judicial señala que uno de los pecados de los dos titiriteros era tener este libro entre sus pertenencias, mismo indicio por el que ya fueron detenidos siete anarquistas durante la Operación Pandora (por cierto, que no sé cómo no han encausado todavía a La Central por tener una propuesta parecida en su catálogo). Entretanto, los manifestantes que se reúnen en la plaza Remonta para protestar contra las detenciones tienen que escuchar cómo la policía les avisa de que el lema de sus pancartas —”Libertad Titiriteros” podría considerarse apología del terrorismo. Si eso no es absurdo valleinclanesco, ya me dirán qué es. Pero lo que ya me hace confirmar que aquí tiene que estar presente la mano de don Ramón es que el juez que dicta prisión incondicional para los titiretarras, ese en cuyo auto judicial se dice que “Gora Alka-ETA” es un juego de palabras que enaltece tanto el terrorismo etarra como el yihadista, ya haya estado implicado como policía en un caso de incriminación poco limpia. No me digan que no es una genialidad: en el personaje del juez, la obra se cierra brillantemente, con una circularidad perfecta que no puede ser sino estudiada.

A Martes de Carnaval le faltaba un esperpento que don Ramón ha hecho culminar en viernes.

Me llega una convocatoria de congreso como agüita de mayo; porque hace un año y pico que le ando dando vueltas a la posibilidad de escribir algo sobre los malentendidos ideológicos que ha generado La de San Quintín (iluminada por Slavoj Žižek hablando de Coriolano, quién lo diría), y mientras compruebo qué se ha escrito por ahí, mi cabeza empieza a derramarse en una algazara jubilosa de temitas. Así que tenemos:

  • La de San Quintín
  • La tierna parodia con que Galdós pinta el frikismo krausista en El doctor Centeno
  • Un análisis del lenguaje social de las novelas de Torquemada desde el concepto de distinción de Bourdieu

¡Y ahora no me puedo decidir!

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Sueño contigo como quien sueña que todavía tiene el brazo que le han amputado. A veces, en el mismo sueño, recuerdo la gangrena, y me pregunto cómo haré para conservar el cuerpo entero.

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Sueño que voy caminando por l’Eixample y que llego a calles donde no había estado nunca, más trazadas con esa sección elíptica de algunas zonas del Guinardó que con el tiralíneas eixamplesco. De repente estoy ante una calle que asciende curvándose poco a poco hacia la izquierda, en la que hay un edificio de color arcilla, con la fachada abombada y siguiendo la misma curva de la calle. Las barandas de los balcones son de madera, pintadas de marrón acharolado, barrigonas.
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Me meto en la calle y acabo llegando a la entrada de una cueva enorme, parecida a la boca perruna del infierno tal como la pinta el Greco, pero mucho más alta. Cuando entro, resulta que estoy en una especie de catedral abandonada que se había restaurado para instalar un restaurante. Allí está la peñita, cenando tan mundanalmente en esa especie de gruta eclesial, mezcla de mundo submarino, iglesia descarnada y velada burguesa de La dolce vita. Un tiempo muy antiguo flota todavía en la bóveda, muy arriba, en la penumbra. Las estatuas que allí cuelgan tienen corroídos los ojos, la boca, las manos.  Una leve niebla las mantiene sumidas en su siglo.
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Vuelvo la vista abajo. Caminando por el interior, me encuentro de pronto metida en un grupo al que le están haciendo una visita guiada frente a unos acuarios. Después salgo a la calle y merodeo un poco por los alrededores, por unos caminitos de tierra que rodean los pisos, pero que se cortan abruptamente, sin llegar a ninguna parte ni permitirme pasar a la calle asfaltada.
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Aunque no sé si es incoherente con mi idea de la vida como vagar postraumático.

«Agregaré que además necesito una mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en todo momento en mi casa. Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta en lo más insignificante. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente.»

Carta de Antonin Artaud a Génica Athanasiou, en Cartas a Génica.

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«¿Querría usted ser tan amable y llevar mi ropa sucia (en el cajón inferior del armario) a la lavandería esta mañana? Dejo la llave puesta en la puerta. La amo tiernamente, mi amor. Ayer tenía usted una carita tan mona al decir: “Ah, usted me ha mirado, me ha mirado” y, cuando lo pienso, se me rompe el corazón de ternura. Adios, cariñito.»

Carta de Jean-Paul Sartre a Simone de Beauvoir, en Simone de Beauvoir, Cartas del castor.

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Falta de Fe.

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